Los terremotos son fenómenos naturales. Las tragedias humanas que muchas veces los acompañan no siempre lo son. La historia reciente ofrece ejemplos elocuentes. En 2010, Haití sufrió un terremoto de magnitud 7,0 que provocó una devastación extraordinaria y cientos de miles de víctimas. Décadas antes, en 1972, Managua fue prácticamente destruida por un sismo de magnitud mucho menor. Hoy, las imágenes que llegan desde Venezuela vuelven a plantear una pregunta incómoda: ¿cuántas de esas muertes eran realmente inevitables? La naturaleza no puede controlarse. Lo que sí puede controlarse es la calidad de las construcciones, el cumplimiento de las normas, la fiscalización estatal y el mantenimiento de la infraestructura. Cuando esas responsabilidades se abandonan, los desastres naturales encuentran el terreno ideal para convertirse en catástrofes humanas. En Argentina también hemos conocido ejemplos dolorosos. La tragedia ferroviaria de Once dejó al descubierto una realidad que quedó resumida en una frase que aún resuena: "la corrupción mata". Los recursos destinados al control, mantenimiento y seguridad existen precisamente para evitar que una falla previsible termine costando vidas. Cuando esos controles fallan, las consecuencias suelen medirse en muertos. Los países más expuestos a terremotos ofrecen una enseñanza valiosa. Chile y Japón padecen sismos de enorme magnitud con una frecuencia muy superior a la de la mayoría de las naciones. Sin embargo, gracias a rigurosas normas de construcción, controles efectivos y una cultura de prevención, logran reducir significativamente la cantidad de víctimas. La diferencia no está en la fuerza de la naturaleza sino en la fortaleza de las instituciones. La pobreza, la corrupción, la desidia administrativa y los Estados incapaces de cumplir sus funciones esenciales aumentan la vulnerabilidad de la población. Cuando se posterga la inversión en infraestructura, cuando los controles son deficientes o cuando los recursos públicos se utilizan para otros fines, los riesgos se acumulan silenciosamente hasta que un día llega la tragedia. Los terremotos, las inundaciones y otros fenómenos naturales seguirán ocurriendo. La verdadera pregunta es cuántas de las muertes que producen son inevitables y cuántas son consecuencia de decisiones humanas. Porque muchas veces no es solamente la naturaleza la que mata. También mata la negligencia.

Juan L. Marcotullio

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